domingo, 17 de julio de 2016

Solórzano y 8,41 metros de gloria


Normalmente empleamos la palabra destino con un sentido místico. Le inyectamos aires fatalistas: pensamos en algo que, para bien o mal, indefectiblemente sucederá, un hecho cuyo acaecimiento escapa a nuestras acciones y que, al darse, definirá si nos encontramos en el pretendido bloque de “los felices bendecidos” o, al contrario, en el quejumbroso sector de los que saborean la hiel de la desdicha.  No nos detenemos a pensar que ciertos acontecimientos nos entregan la chance de utilizarlos como sólidas pruebas en una hipótesis antagónica. Sucesos que, al analizarlos, nos revelan que quizás el destino no es más que el concurso de la casualidad y la intención, el resultado obtenido cuando concurren la oportunidad y el firme convencimiento de alguien en sacarle provecho.  El 23 de agosto de 2015, ante un Club Caja Popular de envidiable aforo, un hombre, taficeño y jugador de básquet, tuvo en sus manos “la” oportunidad (naranja oportunidad) de capturar su destino; de aprisionarlo fuerte entre sus brazos merced a la puntería que afinó a lo largo de sus días. Aquel destino no estaba a considerable distancia física de su posición. Tenía la respiración agitada, los labios ceñidos, el tiempo martillándole la frente y mil razones para no tomar la decisión que le daba vueltas en la cabeza. Su determinación (que es simplemente otra máscara de la valentía) fue el último ingrediente que ingresó al plato del suspenso. Tomó una decisión. Tomó el tiro. Quien quiera otorgarle misticismo al hecho, que lo haga; quien desee razonarlo como una de las dos consecuencias posibles por haberse atrevido, también es bienvenido. Lo que ocurrió, lo que contarán las bocas por mucho tiempo y lo que se repetirá en la cabeza de muchos tucumanos a través de la imaginación, es simple: Jerónimo Pedro Solórzano decidió ir tras su destino, tomó con firmeza el llamado de su corazón. Y encestó.
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Caminando por las ajetreadas veredas de San Miguel de Tucumán en horas de la mañana, en las postrimerías del otoño, cuando la gente comienza a abarrotarse de abrigos, pienso en las casualidades. ¿Serán realmente azar? Estoy a punto de encontrarme por primera vez con Solórzano y el lugar escogido es su departamento sito entre calles Santa Fe y Muñecas. Muñecas (despreciando su verdadera alusión a Ildefonso de las, párroco y figura de los tiempos independentistas) me remite a una de las características del entrevistado. Se dice que, para realizar muy bien algo, “hay que tener muñeca”, y vaya si Jerónimo pulió su lanzamiento a distancia a tal punto de mostrarse actualmente como uno de los mejores tripleros del básquet tucumano, integrando un selecto grupo de “francotiradores” junto a Enrique el gallo Muruaga y Mauricio Aredes, entre otros.  La restante calle, Provincia de Santa Fe, me golpea aún más. El taficeño, me cuenta, se mudó a la capital provincial hace 14 años. Jamás imaginó, al irse adaptando a la veloz vida citadina, que esa calle adquiriría un simbolismo mucho más profundo para él a raíz de un acontecimiento. Hoy, decir que Solórzano vive en Santa Fe (568) es casi chistoso, porque no sólo reside allí, en lo tangible del trazado de cemento, sino también en el recuerdo de muchos, que lo relacionarán siempre con esa provincia.
Cuando Jerónimo nació aquel 5 de julio en 1988, siendo el primogénito del matrimonio compuesto por Rubén Alfredo Solórzano y Patricia Ayusa, se le impuso, cariñosamente hablando y por las condiciones de su arribo, la adjudicación a futuro de una actividad. Fue uno de esos chicos a los cuales la gente les dice “no tenés por dónde errarle”. Ese “no tenés por dónde” fue, para Jerónimo, el básquetbol. Cuando tenía sólo un año, ya estaba en una tribuna, bajo el cuidado de su madre, mientras su padre vestía la camiseta del Club Pacífico de Bahía Blanca. A la memoria, como proponía Borges, la absorbe el tiempo. Pero para perder memorias antes hay que hacer uso de la consciencia, que las recolecta. Quizá por eso Jerónimo no tiene absolutamente ningún registro visual de su padre en aquel estadio, de ese parquet en donde León Najnudel arrojó el balón hacia arriba y concretó su sueño de un básquet mejor, dándole inicio a la Liga Nacional con el partido entre el local y Atenas de Córdoba. A Jerónimo le gustaría regresar el tiempo, jugar con él, en realidad, para retroceder a ese 1991, con sus actuales años, y disfrutar de forma consciente de la pasión basquetbolera de Bahía, sintiéndose orgulloso de ver a su padre compitiendo en la élite. Es imposible no entenderlo: ¿a qué devoto del arte no le gustaría visitar Florencia y a qué amante del rock and roll no le gustaría patear las calles de Londres?
Sus primeros años de infancia consistieron en seguir a su padre a donde la carrera de jugador le dictamine arribar. Cuando Pacífico pasó a ser uno más en el currículo basquetbolístico de su progenitor, se mudaron a Santa Fe. Rubén jugó para San Jorge, y allí sí, Jerónimo captó varios momentos que hasta hoy perduran en sus recuerdos. Ensalza la belleza del club y menciona que alguna vez, a raíz de las amistades que su padre cosechó en la ciudad, lo ha visitado tras viajar solo. “Fui feliz en Santa Fe”, lanzó. La frase me genera una risa que hago explotar interiormente. Años más tarde, al regresar la familia al Tafí Viejo natal, Solórzano debutó como jugador en la Asociación de Jóvenes Católicos, que levanta sus instalaciones en Avenida Alem al 700. Más tarde llegó –curioso- a Juventud Unida, el rival de Talleres, la institución predilecta de la familia que en ese momento estaba, edilicia y organizativamente, diezmada. Cuando en Sáenz Peña al 102 comenzaron a levantarse, recuperando a su gente, Jerónimo fue uno de los que hizo del club un segundo hogar. Ingresó al mini-básquet del “León” y su padre, que nunca antes lo había constreñido para que escoja el baloncesto, comenzó a seguirlo, a brindarle consejos y a darle aliento. Un puntapié para una carrera que, en el futuro, lo llevaría como en los tiempos de San Jorge, a ser feliz con el básquet. Esta vez no en Santa Fe, sino CONTRA Santa Fe.
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Solórzano vistiendo la camiseta del "León"
“La vida se trata de costumbres”, pregona Jerónimo. No es extraño que haya adoptado esa máxima. La costumbre, ese proceso agridulce de adaptación, fue esencial para asimilar su llegada a Talleres. Solórzano tenía a la mayoría de sus amigos en Juventud Unida, y por eso se sintió un tanto nostálgico cuando arribó al club del que continuamente oía hablar en los asados familiares, con grandilocuencia y admiración, típicas expresiones de la pasión y la pertenencia. Era el año 2000, y el nuevo siglo trajo para los simpatizantes aurinegros varias felices novedades. Entre las más felices, estuvo la restauración de la cancha de básquetbol y el correspondiente resurgimiento de la actividad. No fue un regreso cualquiera, expresado en la simple aparición del deporte sin ninguna pretensión que escape a lo meramente recreativo. Para nada. Talleres estaba dirigido hacia un fin: colocarse en los primeros planos del básquet tucumano. Y como toda estructura necesita una base sólida, lo primero que se pensó fue contratar formadores. Así, Hugo López y José “Pichi” Figueroa arribaron al club de calle Sáenz Peña. Jerónimo señala como vital esa iniciativa, porque evidenciaba deseos de superación a nivel institucional, algo que lo hizo regresar a Talleres tras ceder a la nostalgia y volver a vestir la camiseta de Juventud Unida por un último y fugaz año. 
Cuando Mario Vildoza llegó pata tomar las riendas del plantel de Primera, fue a hablar con José Figueroa, entrenador de los más chicos, con la intención de obtener de éste el beneplácito para promover a Solórzano al equipo superior. La fugacidad, como la de aquel momento en la final del Argentino, aparecía en su carrera, al saltar de Cadetes (16 años) a Primera División. Jerónimo declara que jamás se sintió extraño al ir trepando de categorías, pero la repentina incursión con los mayores sí lo hizo sentir lo suficientemente incómodo como para afirmar que le costó adaptarse. Era el más bajo en la tierra de los gigantes, el que menos entendía las jugadas que el técnico dibujaba en la tabla de apoyo (común y cariñosamente llamada “canchita”) y el menos dúctil para ejecutarlas. Aun así, la confianza en su juego, un valor al que adjudica un “doble filo”, lo instó a seguir.
Debutó con los mayores en cancha de Avellaneda Central. Sólo ingresó por 16 segundos. “Me pusieron para cumplir”, dice hoy, con aire renegado. Pero Solórzano descubriría, con el tiempo, que 16 segundos en el básquet significan demasiado. Hoy sabe que en ese exiguo intervalo habita la amargura de la derrota así como también lo dulce del triunfo. 16 segundos en el básquet significan la posibilidad de trascender para siempre o desvanecerse en el suspiro final de esos crueles segundos. Si alguna vez dudó de aquello, la imborrable jornada en Caja Popular se lo tallaría para siempre en la memoria.
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Seleccionado Tucumano campeón argentino 2016.
Cuántas páginas se habrán escrito alrededor de esta cuestión: “¿cuánto tiene que ver el deporte con la vida propiamente dicha?”. Si se quisiera sentenciar por el sí o el no, se encontrarían millones de casos que conspirarían para que el juicio se vuelque definitivamente por alguno de los extremos que ofrece la disyuntiva. Al fin, correcto es decir que la vida tiene que ver con todo. Alguien puede realizar una tarea excelente en el ejercicio de cierta actividad. Puede comportarse con la ejemplaridad más sublime cuando la situación lo requiere. Pero aún así, con los deberes hechos, la pulsión generada por terceros puede determinar que el resultado de aquel correcto comportamiento sea tan amargo como una decepción, tan duro como un abierto al mentón. Al, correcto es decir que así es la vida: como el básquet y como cualquier otro deporte de oposición directa. Imprevisible, inequitativo, épico y cruel. A Leandro Vildoza se le debe haber revelado algo de eso cuando marcó con honores a Damián Palacios, tratando de cerrarle la posibilidad de un lanzamiento que ponga en jaque la victoria tucumana. Privado de cualquier matiz susceptible de ser catalogado como estético, el movimiento final del santafecino consistió simplemente en tirar, como se tiran los compromisos molestos, como se tiran los problemas. Movimiento cuasi circense de Palacios, irrisorio y efectivo. La pelota salió disparada desde un ángulo impensado, a un lado de la humanidad del base tucumano. Con una mano. Una mano. La pelota, sinvergüenza, se coló en el canasto como si la ejecución previa hubiera sido acreedora de largas loas. Incomprensible, injusto, efectivo. El triple de Palacios, que puso a Santa Fe 84-83 sobre Tucumán a falta de segundos para concluir la final del 81º Campeonato Argentino de Mayores fue así, como es a veces la vida y como es a veces el básquetbol: un manotazo abierto a la chance de ser feliz.  Vildoza (h) se agarró la cabeza, evidenciando la frustración y la bronca. Lo hizo todo bien y la cosa terminó todo mal. Solórzano se pone la pelota contra la cara, simulando una maldición. Así, viendo cómo los hombres de rojo saltaban alrededor de la cancha y vitoreaban la desesperada resolución con final afortunado de su compañero, el básquetbol, el destino y hasta la vida parecieron una porquería, un complot a la sonrisa. Pero en la lectura de esa historia aún restaba un inciso. Y después el básquetbol, el destino y hasta la vida parecieron una maravilla, una serie de caricias que derivan en el máximo placer.
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Jerónimo Solórzano no siempre fue el hombre que se vislumbra cuando juega al básquet y el hombre que él mismo se considera: un portador diligente de la confianza. Si la confianza es un valor consistente en la valentía para tomar decisiones arriesgadas que deparan como final la alegría y la tristeza, Jerónimo ciertamente la tiene incorporada a su juego, para bien y para mal. Pero esa confianza, que primeramente sospechó como una cualidad natural, fue en realidad una construcción, un logro conseguido en un tiempo en el cual tomar cualquier tipo de decisión riesgosa costaba y mucho.
Diego Vargas es un nombre firmemente enlazado a la carrera de Solórzano. Oriundo de Santiago del Estero (La Banda) fue otra de las apuestas de Talleres de Tafí Viejo con el fin de conseguir un rendimiento óptimo por parte de sus jugadores. Su función no se centraba ni en las técnicas de lanzamiento, ni en la celeridad de las piernas ni en correcta tensión de los músculos. Su tarea era desentrañar y resolver los conflictos que se generaban en la mente de los basquetbolistas del “León”. Vargas es una figura reconocida en el básquet a nivel nacional, principalmente porque también fue el psicólogo de Quimsa durante la temporada 2014-15, cuando la fusión santiagueña consiguió la Liga Nacional desplegando un juego pletórico de convicción e intensidad, al decir de Fabián García, director de la revista Básquet Plus. Talleres no llegó a esos niveles, pero la presencia de Vargas en el club sirvió para desencadenar el potencial de varios integrantes del equipo de Primera, como el joven Solórzano. “Tuve un bajón muy importante en mi juego. Tiraba y no embocaba. Además, tenía muchos conflictos para tomar decisiones que afecten el desarrollo de un partido y por tanto, a mis compañeros”, contó Jerónimo. Vargas lo instó a cruzar ese umbral, esa puerta que tiene un cartel enorme arriba rezando “ATREVIMIENTO” y cuyo cancerbero es el miedo. Esas charlas, sumadas al apoyo que recibió de sus entrenadores y principalmente de Mario Vildoza, le sirvieron para volver a creer. Pero no sólo con pensamientos positivos se encesta: entrenó con disciplina y sacrificio, lanzando una y otra vez a distancia, convencido en la evolución de su técnica.
En ese tiempo Jerónimo Solórzano, el desconfiado que de a poco se recuperaba y rencontraba con su esencia, no lo podía ni soñar. Todas esas cosas que hacía para mejorar eran un golpe más del herrero a la espada con la cual batir a la bestia, con la cual capturar la gloria. Cada lanzamiento que hizo en esas “horas extra” en la cancha de Talleres lo iban preparando, lentamente, para convertirse en el héroe de Caja Popular. En un eterno de los Campeonatos Argentinos.
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No hay tiempo. Eso es la frase que se repite de forma incesante en la mente de todos los asistentes y que juega en su boca al ser pronunciada. Mario Vildoza, más que cualquiera, lo tiene presente. Por eso agota su último “minuto” después de presenciar con dolor el apareamiento de la pelota lanzada por palacios con la red del aro que da a calle Bolívar. Es el último porque anteriormente pidió uno para acomodar las ideas después de que su hijo Leandro fuera a la línea de libres y fallara un disparo, dejando a Santa Fe sólo dos puntos abajo y hambriento de remontada.
En Caja Popular ya nadie ríe. Ya nadie es tan osado como para proyectar en su interior las imágenes de un festejo local. Han visto el desarrollo de un cotejo igualado que se decantó mucho más para el lado de Tucumán, pero que ahora está en mano de Santa Fe, que gana por un punto cuando restan menos de dos segundos para que la cortina se cierre definitivamente en el 81º Campeonato Argentino.
No sólo el tiempo, sino también la historia se muestran desafiantes con los integrantes de la selección tucumana. Los antecedentes dicen que cada vez que la provincia albergó un Argentino, ganó.  Pero esto no se trata de Ricardo Ponce, Hugo Angelicola, Lauro Mercado, Carlos “el negro” Romano o cualquiera de los triunfadores de Villa Luján en 1993 y 1998. Ni siquiera se trata de Roberto Del Corro y los campeones del 55. Este segmento espera por la firma de todos ellos. No se trata de “cumplir” con la historia, de forma renegada. Se trata de escribirla, hacerla. No por obligación, sino por convicción. Deben salir a ese parquet  con la determinación de querer formar parte de algo único, sin tener en cuenta el pasado que, en caso de una mala jugada, los elevará como una “excepción” a la regla.
Vildoza dibuja, hace danzar el resaltador por su canchita, imaginando la ruta hacia el campeonato. La jugada pactada tiene indicaciones claras: como primera opción, José Muruaga, bajo el poste; segunda alternativa, Solórzano, desde la periferia; como último recurso, Pablo Osores, también desde la zona pintada. Sin importar qué, la decisión final la deben tener esos jugadores, y hay que hacerles llegar el balón, protegerlos, ofrecérseles para que el porcentaje de éxito crezca. La chicharra suena y muchos la odian. Es el llamado final, la última señal de advertencia para asistir al encuentro con alguna de las dos caras del acto competitivo.
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Con la mirada en el objetivo. "Jero" es un especialista en tirar de tres
El básquet es un deporte de extremos. Su dinámica dictamina que sea así. Se mueve siempre con el marcador y, en un mismo partido, el tablero anuncia la victoria holgada, el triunfo ajustado, la derrota por números mínimos y la caída holgada. A veces sólo basta una posesión y una decisión para configurar el desenlace de un encuentro. El básquet es un deporte de extremos no sólo por lo vertiginoso de sus números, sino también por lo que te hace sentir. A Jerónimo Solórzano le tocó, en el mismo campeonato (reducido, además) sentirse el principal villano de una caída como así también el hacedor fundamental del triunfo.
Ocho días antes de lanzar la pelota más importante de su carrera, Solórzano tomó una serie de malas decisiones que determinaron el triunfo final de Mendoza sobre el organizador Tucumán. Los cuyanos ganaron 90-88 y dejaron el porvenir de los locales supeditado a la producción de hechos que escapaban a sus acciones. Por supuesto que Solórzano no fue el único responsable del traspié, así como tampoco fue el único hacedor de la gloria a posteriori. Pero los errores, acaecidos cuando el reloj ya era otro rival, golpearon demasiado el ánimo del alero. Tras el bocinazo final, estaba desecho. Tenía cierto pudor de mirar los rostros de sus compañeros al ingresar al vestuario de Tucumán BB. Lloró, porque sintió que sus yerros podían significar el derroche del esfuerzo colectivo, de todo lo entrenado y hablado previo al campeonato. Recibió el apoyo de todos, pero aún así tuvo que poner a prueba su personalidad, todos sus años de trayectoria, para escaparle a ese momento agrio.
La esperanza se materializaba en una frase: “Si Buenos Aires le gana a Mendoza…”. Y ocurrió. El destino volvía a ser, para Tucumán y para Solórzano, algo que pasaba por sus manos, un elemento en relación de dependencia. Había que triunfar sobre los bonaerenses por al menos 20 puntos.  El contundente 77-58 dio hasta garantías. Tucumán había pagado el precio del partido con Mendoza con IVA incluido y se metía al Final Four donde ya esperaban Santa Fe, Entre Ríos y Misiones. En semifinales batiría a los del litoral, cumpliendo con las expectativas de verlo definir el torneo en Caja Popular. Solórzano tendría una nueva oportunidad de tomar decisiones trascendentales. De una punta a otra en lo que al desarrollo del torneo respecta. Del debut a la final. Es que sí, el básquet es un deporte de extremos.
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Como estaba planificado, Muruaga y Osores se colocan bajo el poste, Solórzano y Sebastián Paz Duarte por detrás, casi tocando la línea de 6,75. Leandro Vildoza recibe la pelota y empieza a escudriñar el movimiento en la zona. Advierte la marca santafecina, centinela, pegadiza para cada uno de sus compañeros. El hombre de rojo restante presiona la salida del balón. La orden es dada. Tiempo de jugar. El base amaga un envío hacia adentro y rápidamente dos santafecinos se van con el emblema de Asociación Mitre. Han logrado leer la primera intención, pero quedan truncos para impedir la recepción de Jerónimo, que se ha quedado sin marca porque su vigilante se ha trasladado más de cuatro metros para neutralizar a Muruaga. Entonces Vildoza manda un veloz pase hacia el #7, que la recibe a 8,41 metros del objetivo. Para captar la naranja sólo ha estirado el pie derecho, que vuelve con limpieza a posición de lanzamiento. El gesto técnico es incluso más veloz. Un santafecino intenta salirle al paso con la intención de entorpecer el movimiento final, pero choca contra la pesadez de Paz Duarte, pívot de 2,05. La cortina es exitosa. La segunda variante es exitosa. La pelota inicia su trayectoria hacia la red. Allí van las ilusiones de Tucumán, las tardes en JC, Juventud Unida y Talleres; los días de sentirse desconfiado, las tardes y noches tirando al aro para recuperar esa confianza; la decisión de jugar al básquet, como lo hizo su padre. Solórzano, tirador nato, ya siente que el envío es pulcro, por eso va retrocediendo, consciente que por detrás tiene un banco de suplentes que lo asaltará violentamente en abrazos una vez que la pelota ingrese. Sucede. El grito de Caja Popular es ronco, furioso. El sonido, gutural, no deja distinguir entre un “¡Goooolll!” y un “¡Ooooooh!”. Todos se abrazan, todos gritan. Los que no pueden abrazarse con otro, saltan, gritándole al techo, que sólo es un obstáculo para observar el cielo, que a su vez simboliza eso a lo que hay que agradecerle por el básquet, por lo lindo del básquet. Tucumán lo ha logrado. Es el campeón. Jerónimo lo ha logrado. Ha desafiado con valentía al destino y lo ha capturado. Lo ha construido desde 8,41 metros.